El tiempo y el espacio, después del siglo XX

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Resulta difícil negar que estamos ante un irreversible proceso de cambio global, en el que las comunicaciones juegan un rol decisivo. En efecto, asistimos a arduos debates acerca de la actividad periodística, los medios de comunicación y el concepto de información, entre otros tópicos, que se dan principalmente en las redes sociales. Es decir, mediante la enriquecedora experiencia de la interconexión.

La discusión pública, hoy, acontece en las diversas plataformas que ofrece Internet, y todas ellas conforman una enorme red de comunicaciones.

Ahora bien, según entendemos, tal experiencia no debería impedirnos establecer una asidua tensión entre nuestras intervenciones en el mundo de las redes, y el modo en que percibimos ese ecosistema, que ahí está, como algo íntimo y al mismo tiempo externo a nosotros, y que se configura de acuerdo a nuestros gustos y preferencias (“likes”), solapando diversidad e intimidad, dando lugar a una cada vez más acentuada espiral de personalización, cuya particularidad consiste en minarnos de información y referencias que se basan en previas participaciones y navegaciones que realizamos. ¿Círculo virtuoso, vicioso, o un poco de ambos?

Esa superposición entre dominio público y ámbito privado; entre objetividad y subjetividad; entre opinión, valoración, información y factibilidad, conforma el universo a partir del cual participamos e interactuamos: es el espacio en el que mucho de lo que somos, ocurre.

Por eso, la gran aurora de nuestros tiempos, creemos, no surge del dato o de la verdad como constructo, sino de la vocación por revisar nuestras creencias, convicciones y firmezas, para así producir una suspensión respecto de lo que tomamos por verdadero, sin hacer de la duda una materia primordial, por cierto. Hablamos de un escepticismo optimista, acaso inevitable, que considere severamente la multiplicidad de perspectivas que involucra la alusión a cualquier “nosotros” , y que contemple la imposibilidad de universalizar todo tipo de posicionamiento.

La cuestión estriba, entonces, en dudar del modo en que nos acercamos a los hechos; es decir, de nuestras convicciones y preconceptos a la hora de intervenir e informarnos en el mundo virtual.

La dinámica en la que nos encontramos difícilmente se detenga. Por esta razón, se torna necesario desarrollar recursos que nos permitan lidiar con los efectos de verdad de los algoritmos que diariamente nos interpretan y segmentan, acercándonos información a medida; pues si bien la fragmentación y la diversidad son parte de aquella riqueza que mencionamos, no es menos cierto que, en fin de cuentas, aún vivimos en comunidades políticas, con todo lo que ello implica.

Discutir los temas de la actualidad y los clásicos problemas humanos constituye una tarea distinguida, incluso apasionante; practicarla poniendo en duda una porción importante de nuestras convicciones, es imprescindible, ya que nos permitirá sospechar, aunque sea a solas, al menos secretamente, de todo eso que defendemos y veneramos en la esfera pública.

Confiamos en que la mejor forma de contribuir a ese objetivo es a través de una opinión pública robustecida por diferentes interpretaciones de la realidad: discutir y pensar el presente, para así dejar definitivamente las desmesuras del siglo XX, “el más terrible de la historia occidental”, según el gran Isaiah Berlin.

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