La batalla de Uber es la batalla por la libre empresa

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En los últimos días el monopolio del taxi ha tratado de pelear con uñas y dientes, no por sus derechos como suelen decir, sino en contra el progreso y la libertad. Sin apoyos de la ciudadanía y lo que es peor, sin argumentos de peso, los taxistas siguen clamando al Estado por su proteccionismo propio de una economía subdesarrollada. A cualquier persona con un mínimo de coherencia intelectual le debe llamar la atención la debilidad de los argumentos que sus sindicatos tratan de defender.

Escuchaba recientemente a uno de los miembros del sindicato de taxis de La Plata, cuyo nombre desconozco y prefiero no conocer, soltar mensajes como “Tenemos derecho a trabajar”. Parece ser que el conductor de Uber tiene una dignidad inferior que le impide disfrutar de ese derecho. También, debido a los escasos conocimientos económicos que los sindicalistas parecen disfrutar, es común escucharles decir estupideces tales como “Tenemos que pagar la nafta, y esa está cada vez más cara”. Oh sorpresa, el precio de la nafta también afecta por igual a los conductores de Uber. Hasta donde yo sé (y disculpen si me equivoco) sus coches no funcionan con agua, por el momento también necesitan nafta.

El argumento más falaz de todos es el de “Peleamos no por nosotros, sino por la seguridad del cliente, Uber no está regulado”. Cualquiera que se haya subido en un taxi sabe de sobra a que seguridad se refieren, yo hoy tengo en mi mano los datos de todos los conductores de Uber con los que he viajado. ¿Tienen ustedes los de cualquier taxi en el que se hayan subido? Apuesto que no.

Pero la batalla de fondo hoy no se juega en argumentos, se juega en demagogia. Una demagogia que persigue conservar el monopolio concebido por el Estado donde únicamente ganan los pocos taxistas que consiguen la licencia otorgada y donde perdemos todos los consumidores que habitualmente nos toca desplazarnos de un modo u otro entre el caos de Buenos Aires.

Argentina no se puede permitir la prohibición de Uber si aspira a ser un país desarrollado. Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Alemania o incluso Malasia, ya han entendido que Uber juega un papel fundamental en el sector del transporte en sus ciudades y lejos de prohibirlo han tratado de ver como poder hacerlo más competitivo. Si hoy prohibimos a Uber trabajar libremente, el mensaje que lanzamos al resto del mundo no es más que el de la fatal arrogancia del político que juega a evitar el progreso poniendo palos a la rueda.

Al igual que hoy en día (y desde que el mundo es mundo) es el consumidor quien decide donde ir a comprar el pan, donde comprar el periódico y donde ver el partido de fútbol, también debe ser quien decida cómo y con quien viajar.
Esto es una decisión completamente individual donde el Estado no juega ningún papel de decisión.

Devolver la libre empresa es devolver a la gente su soberanía en las decisiones del día a día. Use el taxi por decisión propia, nunca por falta de alternativa.

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