La “Ley Justina” y el Liberalismo clásico.

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El debate sobre la propiedad en Argentina se ha vuelto a poner sobre la mesa, si bien, ésta vez no trataremos el tema en términos monetarios, (hablando del 70% de impuestos que cada ciudadano debe abonar cotidianamente al Estado), sino del nuevo impuesto no dinerario, sino corporal. Hablamos ahora de la Ley recientemente aprobada por el congreso, donde se establece por defecto la donación de órganos en caso de fallecimiento, si no se ha manifestado una voluntad contraria en vida. Eso que algunos han llamado la “Ley Justina”.

Esta ley, que parece carecer de debate entre los congresistas que la aprobaron (202 votos afirmativos contra 0 abstenciones y 0 opositores), no contaría con una opinión tan unánime si preguntásemos a esos filósofos, que como dice María Zaldívar, parecen ser poco consultados por nuestros políticos hoy en día.

El filósofo británico John Locke, solía decir que nadie más que uno mismo posee su propiedad, de este modo, en tanto en cuanto nuestro cuerpo nos pertenece, también debería pertenecernos los bienes que nosotros mismos producimos. Los que hoy se sientan en la butaca del congreso parece que no tienen tan claro eso de que la propiedad de nuestro cuerpo sea tal, sino que más bien parecen apostar por una situación en la cual el Estado es propietario de tu cuerpo postmortem, a no ser que usted haya manifestado lo contrario.

Algunos aluden a un principio de “solidaridad”, pero si recurrimos a otro filosofo también británico, Adam Smith (Sí, pese a la creencia popular establecida, Smith no era economista, sino filósofo) éste diría que “La solidaridad es un acto de voluntariedad del espíritu humano”.
Siendo esto así: ¿Cómo es posible que el burócrata de turno decida cómo y cuanto de solidarios debemos ser?.

Llegado a estos niveles, no nos debe sorprender que Argentina sea uno de los países con mayor presión impositiva del mundo. El mensaje de fondo que hoy se lanza al ciudadano con esta violación de la propiedad, es algo así como tener que avisar al vecino de que su coche le pertenece a usted, el límite de lo absurdo. Debería resultar obvio que nuestro cuerpo, tanto en vida como en muerte, es nuestro. Pero lo obvio en este punto del mundo parece ser de todo menos eso, obvio.

Por Tomás Piqueras

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