La paradoja de la reforma organizacional en el CONICET

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A lo largo de estos últimos años, el CONICET ha asistido a diversas tentativas de transformaciones impulsadas por el actual gobierno, sin que persista un proyecto oficial desde el cual se trace contundentemente un horizonte. Por tanto que se ha inscripto un trayecto sinuoso de reformas y reconfiguraciones que afloran desde la opacidad y desde la ausencia de políticas concretas, a tal punto que se ha impregnado de incertidumbre y desbalance la estructura y proceder de este organismo.

Hacia principios del 2017, en el seno de un debate polémico ante las restricciones y reducción en el ingreso de investigadores que se avivaban en el CONICET, el ministro de Ciencia, Lino Barañao, expresaría “No hay ajuste en el CONICET, lo estamos haciendo sustentable”. La argumentación a favor de inculcar una adecuación en mérito al fortalecimiento de las bases del organismo y a la conformación de profesionales con un miramiento renovado y benéfico para el sistema; no obstante no condice con la realidad, desde la cual se asoma un nuevo modelo de desarrollo institucional, que en definitiva plantea una reforma y un viraje radical del modo en que este organismo persistió durante los últimos años.

Quedan en el blanco de la escena, dos realidades contrapuestas. Por un lado, se perpetra en consenso con el Gobierno, un plan con el propósito de colocar la ciencia, la tecnología y la innovación al servicio del país y de su desarrollo, aunque bajo un eufemismo de recobro de la misión de formar recursos humanos de excelencia, y de incentivar un crecimiento armónico y sostenible de este ente, hecho que no necesariamente admite una gran veracidad. Siendo que se buscaría justificar la aplicación de medidas drásticas de exclusión y reubicación de investigadores y profesionales, y de restricción en el acceso de nuevos aspirantes, bajo la premisa de que el CONICET alberga un número desmesurado de recursos humanos, que prosiguen propios intereses, sin que ello contribuya al contexto nacional; y al mismo tiempo, se arguye sobre la calidad de las tareas que estos desempeñan.

Por tanto que las políticas estatales que quedan aplicadas en la organización actual, y sus consecuentes variaciones en la estructura general, se defienden fervientemente, como medidas necesarias para promover un crecimiento integral del sistema científico, para el despliegue y circulación de profesionales a otras instituciones afines que sufraguen con mayor realce el contexto estatal y privado, y para la recuperación del designio del organismo fundado en la ‘formación y producción de recursos humanos’.

Hasta aquí, pareciera que estas modificaciones y decisiones políticas buscarían, atender y mitigar las presiones económicas en relación a los recursos insuficientes, así como también afianzar el circuito de demanda y oferta que se posa sobre la praxis de este organismo, y asimismo acompañar la modernización e innovación. No obstante, la ausencia de inflexión en la implementación de estos cambios, la monopolización de las decisiones, y la impopularidad que sobrevino desde el marco de la sociedad científica y técnica ante la devastación del organismo, pusieron en duda la veracidad y la fidelidad de estas reformas.

Se observa que en la orilla opuesta, emerge un miramiento que pone en tela de juicio este plan sustentable, y esboza una fehaciente política estatal de ajuste y recorte fiscal, de precarización y de inminente privatización y desmantelamiento de este ente.

Quienes se hallan inmersos en el interior del organismo, redimen los propósitos de cambio en beneficio de una mejoría, que conducen el plan político sobre el CONICET, y acercan a la luz, el ajuste encubierto que se incurre en torno a intereses privados y políticos, y que se encaminan a irrumpir los aspectos fundacionales sobre los que se erigió este ente autárquico desde su fundación. No se puede apreciar una compatibilidad entre el objetivo declarado de establecer una planta optima del personal y de quienes prestan servicio de vinculación a la comunidad, con respecto a la reducción y la negativa en la renovación de puestos laborales que se ha experimentado el último tiempo y el re direccionamiento de la praxis de los profesionales hacia otros ámbitos científicos por fuera del CONICET. En cambio se refleja una dicotomía de la que decanta y se difumina la posibilidad de capitalización y progresión del ámbito científico, siendo que el objetivo defiende la promoción de un crecimiento lento pero armónico, pero que pareciera en adherencia a una negociación política con gran posibilidad de desmantelamiento de los recursos científicos y tecnológicos.

Entonces, podemos preguntarnos si estos cambios soportan un plan estratégico de ajuste innovador con miras hacia la sustentabilidad de este ente y direccionado con énfasis hacia la modernización. O bien si se trata de una reforma rotunda de la totalidad del sistema organizacional, susceptible de ubicarse como una amenaza, por tanto que pudiera irrumpir las bases sobre las que se fundó este organismo, a favor de orientar su prosecución a la orden del gobierno, y hacia la satisfacción de sus usuarios y clientes.

Ciertamente la preeminencia de un marco que conlleva recortes presupuestarios, evaluaciones infructuosas de las actividades y metodología científica, movilización y seccionamiento del cuerpo de profesionales, poco anoticia sobre una reforma democrática, eficiente y eficaz. Por el contrario, el nexo aversivo que se encuentra entre las reformas planteadas, y las necesidades esbozadas desde el gobierno, alienta un regicidio a la gestión institucional primigenia del CONICET, siendo que se terminan por alterar, las reglas democráticas del funcionamiento general del organismo, en desmerito de la modernización y del desarrollo de recursos humanos que participan del ámbito de la ciencia y la tecnología.

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